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Tu almíbar OBRA COMPLETA reeditada

 

















I

Cuervo desnudo, 
que ya no duele su crascitar. 
Sobre la luna tendida, 
en su belleza ambarina, 
y soles derramados sobre las tierras, 
vestidas por sus sábanas, 
mientras el jinete de un tiempo, 
lloraba a su dolor humano. 
¡Oh arrullo, de arroyuelo! 
De sangre turquesa.


II
La rosa de tormenta, 
que sus caracolas de nubes no tardaban en negrear su deseo, 
de besar 
y excitar el terreno. 
Viento. 
¡Oh, padre, versaba notas, como trinos fugaces!
 Efímeros,  
penetrantes. 
Eras como un canasto 
lleno de membrillos.


III
Una letanía de canción, 
una somnolienta caricia como una ruda mar, 
y sus garumas grises, 
girando sobre el remero del puerto Tomé, 
que desvanecía en su ardua jornada de capturar al pez de cristal; 
mientras tanto, 
el verano.


IV
Lloraba en sudores de piedra su calor excedente, 
exponencial, 
saltaba criqueando el grillo único, 
chicharra, cigarra, 
que tardó en salir de su crisalida, 
medida, 
medio siglo en romperla, 
y chillar canción a un viento de nadie.

V
Salón cantor, 
que ve las flores desde lo alto, 
ese árbol que trepó para emitir sonido a la altura de los sueños de aquel pino piñonero. 
Iba una sombra caminando los nichos 
y mármoles tupidos de hiedras voraces.

VI
Dulce y sonrío, 
algún paso del ufano corazón, 
ardoroso, 
sembrado, 
y música suave, 
regado por mi turbado espíritu, 
vaga y liviana 
vuela la libélula, 
por orilla del Henares, 
su zigzageo acecha, 
con tonos una pasión expresa, 
entre bajo, 
tórrido sopor.


VII
Un estío subordinado, 
parecía entre estos miles valles, 
y montañas precoces, 
volaba el tábano; 
pajaritos cantaban, 
en el almendro de Soto, 
colindante, 
mi júbilo, 
borbotea la voz del baldío, 
un silencio mortecino, 
misterioso, 
de altos montes, 
y la lentitud del terreno; 
rebosa.


VIII
Sus mejillas eran como caléndulas, 
oh, pastorcica de ojos en belleza, 
flores parecía dibujaban, 
la loma al verla, 
con mi sangre de campo blasfema, 
al son de tormenta, 
vengo recto, 
a este mi sol dorado, 
sangriento, 
no callaré al monte, 
ni secaré el río a mi paso, 
ardimiento, 
audaz traigo en espada, 
que son de rayo, 
mi hierro BLANDEA.

IX
Desenfreno por la vida concedido, 
serían tus besos hermosos, 
y cálidos, 
como una melodía jamás interpretada, 
solo concebida, 
al deslizar mi piel, 
tu velo de misticismo, 
como fuente de brillo inextinguible, 
por estos soles radiantes, 
bajo robando al silencio, 
su cántico, 
por senderos de nubes, 
van mis palabras.




Förüq y Leannán-Sídhe 

Miguel Esteban Martínez García Poeta Español 

Lugar 

Castilla la grande Mirador del Henares la Campiña Guadalajara provincia 

Fecha sábado 14 de marzo 2026

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