Había una vez una niña
rendida y afligida, apenada y
castigada por sus errores.
La castigaron encerrándola en
la torre del castillo (como
pasa en todos los cuentos).
Custodiada por un dragón
gigante de los que echan
fuego por la boca.
La niña pasaba sus días
asomada por los barrotes
de la torre. Pero un día...
¡Dios que ven mis ojos!
Era un príncipe montado
en un caballo blanco
que acababa de matar
al dichoso dragón.
El valiente príncipe tre-
pó hasta los barrotes
y la niña afligida tuvo
por un instante la sen-
sación de enamoramien-
to y libertad.
Soñó con que este príncipe
la acariciaría toda la vida
y la rozaría con esos la-
bios que tenía para siem-
pre, pero al abrir la
ventana para sacar a la
niña, apareció su prince-
sa y le llamó Esteban, Este-
ban y del susto cayó al
agua que rodeaba el castillo
y volvió a su vida con su prin-
cesa tuvo miedo de la niña
afligida. Que seas muy feliz
te quiere María.







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