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Poesías




Poesías







(1725-1786)







Juan Bautista Aguirre y Carbo












-




Fundación El Libro Total

proyecto de responsabilidad social

e intelectual de la firma

Sistemas y Computadores S.A.




A una tórtola




que lloraba la ausencia de su amante







¿Por qué, tórtola, en cítara doliente




haces que el aire gima con tu canto?




Si alivios buscas en ajeno llanto,




mi dolor te lo ofrece; aquí detente.




Al verte sola, de tu amante ausente,




publicas triste en ayes tu quebranto;




yo también ¡ay dolor! suspiro tanto




por no poder gozar mi bien presente.




Pero cese ya, oh tórtola, el gemido,




que aunque es inmenso tu infeliz desvelo,




mayor sin duda mi tormento ha sido:




pues tú perdiste un terrenal consuelo




en tu consorte, pero yo he perdido




en mi adorado bien la luz del cielo.




A una rosa




Sonetos







I




En catre de esmeraldas nace altiva




la bella rosa, vanidad de Flora,




y cuanto en perlas le bebió a la aurora




cobra en rubís del sol la luz activa.




De nacarado incendio es llama viva,




que al prado ilustra en fe de que la adora;




la luz la enciende, el sol sus hojas dora




con bello nácar de que al fin la priva.




Rosas, escarmentad: no presurosas




anheléis a este ardor; que si autoriza,




aniquila también el sol ¡oh rosas!




Naced y lucid lentas; no en la prisa




os consumáis, floridas mariposas,




que es anhelar arder, buscar ceniza.







II




De púrpura vestida ha madrugado




con presunción de sol la rosa bella,




siendo sólo una luz, purpúrea huella




del matutino pie de astro nevado.




Más y más se enrojece con cuidado




de brillar más que la encendió su estrella;




y esto la eclipsa, sin ser ya centella




la que golfo de luz inundó al prado.




¿No te bastaba, oh rosa, tu hermosura?




Pague eclipsada, pues, tu gentileza




el mendigarle al sol la llama pura;




y escarmiente la humana en tu belleza,




que si el nativo resplandor se apura,




la que luz deslumbró para en pavesa.




Soneto moral




No tienes ya del tiempo malogrado




en el prolijo afán de tus pasiones,




sino una sombra, envuelta en confusiones,




que imprime en tu memoria tu pecado.




Pasó el deleite, el tiempo arrebatado




aun su imagen borró; las desazones




de tu inquieta conciencia son pensiones




que has de pagar perpetuas al cuidado.




Mas si el tiempo dejó para tu daño




su huella errante, y sombras al olvido




del que fue gusto y hoy te sobresalta,




para el futuro estudia el desengaño




en la imagen del tiempo que has vivido,




que ella dirá lo poco que te falta.




Soneto moral




¡Basta ya, pecador! No tu malicia




ejercite más tiempo mi paciencia:




harto lugar te da a la penitencia




mi bondad despreciada por propicia.




Hoy mi amor con ternura te acaricia,




hoy disimula y sufre tu insolencia;




mas podrá ser que en breve esta clemencia




se convierta en rigores de justicia.




Ea, no tardes más en el pecado;




y si al ver del castigo la tardanza




hoy mi misma paciencia te ha obstinado,




adviertan tu descuido y confianza




que, mientras más retiro el brazo airado,




voy doblando el impulso a la venganza.




-




Carta a Lisardo




persuadiéndole que todo lo nacido muere dos veces, para acertar a morir una.







Liras




¡Ay, Lisardo querido!




si feliz muerte conseguir esperas,




es justo que advertido,




pues naciste una vez, dos veces mueras.




Así las plantas, brutos y aves lo hacen:




dos veces mueren y una sola nacen.




Entre catres de armiño




tarde y mañana la azucena yace,




si una vez al cariño




del aura suave su verdor renace:




¡Ay flor marchita! ¡ay azucena triste!




dos veces muerta si una vez naciste.




Pálida a la mañana,




antes que el sol su bello nácar rompa,




muere la rosa, vana




estrella de carmín, fragante pompa;




y a la noche otra vez: ¡dos veces muerta!




¡oh incierta vida en tanta muerte cierta!




En poca agua muriendo




nace el arroyo, y ya soberbio río




corre al mar con estruendo,







en el cual pierde vida, nombre y brío:




¡Oh cristal triste, arroyo sin fortuna!




muerto dos veces porque vivas una.




En sepulcro süave,




que el nido forma con vistoso halago,




nace difunta el ave,




que del plomo es después fatal estrago:




Vive una vez y muere dos: ¡Oh suerte!




para una vida duplicada muerte.




Pálida y sin colores




la fruta, de temor, difunta nace,




temiendo los rigores




del noto que después vil la deshace.




¡Ay fruta hermosa, qué infeliz que eres!




una vez naces y dos veces mueres.




Muerto nace el valiente




oso que vientos calza y sombras viste,




a quien despierta ardiente




la madre, y otra vez no se resiste




a morir; y entre muertes dos naciendo,




vive una vez y dos se ve muriendo.




Muerto en el monte el pino




sulca el ponto con alas, bajel o ave,




y la vela de lino




con que vuela el batel altivo y grave




es vela de morir: dos veces yace




quien monte alado muere y pino nace.




De la ballena altiva




salió Jonás y del sepulcro sale




Lázaro, imagen viva




que al desengaño humano vela y vale;




cuando en su imagen muerta y viva viere




que quien nace una vez dos veces muere.







Así el pino, montaña




con alas, que del mar al cielo sube;




el río que el mar baña;




el ave que es con plumas vital nube;




la que marchita nace flor del campo




púrpura vegetal, florido ampo,




todo clama ¡oh Lisardo!




que quien nace una vez dos veces muera;




y así, joven gallardo,




en río, en flor, en ave, considera,




que, dudando quizá de su fortuna,




mueren dos veces por que acierten una.




Y pues tan importante




es acertar en la última partida,




pues penden de este instante




perpetua muerte o sempiterna vida,




ahora ¡oh Lisardo! que el peligro adviertes,




muere dos veces porque alguna aciertes.




-




Canción heroica




en que con algunas semejanzas

expresa el autor sus infortunios







Nace el clavel en púrpura teñido




dejando presuroso su clausura,




a ser Narciso de las otras flores




o Adonis de su sangre producido;




y dividida en hojas su hermosura,




ufano se deleita en sus primores




. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .




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. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .




toda aquella belleza




que pródiga le dio Naturaleza.




¡Oh flor desvanecida,




verdadero retrato de mi vida!




El ruiseñor que amante al aire gira,




iris de plumas o vergel viviente,




mira un arroyo, y luego que lo asesta,




trinando endechas, animada lira,




con música saluda su corriente




en que canoro el gusto manifiesta;




baja a gustarla con ligero vuelo,




rozando aljófar y rizando hielo,




y con pico de grana




gustoso liba de la espuma cana.




Mas ¡ay! suerte enemiga,




que el ruiseñor se aprisionó en la liga







que en su margen, por uso,




el cazador para prenderle puso;




y luego lo encarcela




donde no tiene libertad ni vuela.




¡Oh avecilla cautiva,




de mi fortuna semejanza viva!




Por tras cortinas de jazmín y grana,




hermoso globo de zafir luciente,




se asoma el sol en brazos de la aurora,




y arrebolada en luces la mañana,




con brillante candor viste el oriente




y con destellos nacarados dora




cuanto el orbe atesora;




la tierra como a padre lo recibe,




los pájaros se alegran, la flor vive,




el hombre se recrea,




y todo con sus rayos lo hermosea.




Mas ¡ay! que noche oscura




es de tanto monarca sepultura,




y ve su luz ocaso,




con que llora la tierra su fracaso:




el pájaro enmudece,




la flor se encoge y todo se entristece.




¡Oh sol, oh luz, oh día,




símbolo propio de la dicha mía!




Ronda a la luz la amante mariposa,




y en giros de oro, en óvalos de plata,




galantear a la llama solicita:




ya la festeja en torno presurosa,




ya se retira de la luz ingrata,




ya se le acerca, ya se precipita,




porque su amor la incita







a adorar aquel globo de luz breve,




donde su muerte en poca llama bebe,




cuando a besarla llega







de su hermosura enamorada y ciega.




Mas ¡ay! infeliz suerte,




que en cenizas su gala se convierte,




hallando su inocencia




mucho castigo a poca inadvertencia,




sin que en la pira unida




Fénix renazca para nueva vida.




¡Oh costosos intentos,




imagen de mis locos pensamientos!




Yo clavel bello un tiempo me miraba




desdén hermoso de plebeyas flores;




mas de la envidia el huracán airado




marchito me ha dejado.




Yo en métricos primores




fui ruiseñor que libre gorjeaba;




pero ahora en grillos de oro




de Venus bella prisionero lloro.







Yo fui sol; mas mis rayos




con las tinieblas que el rencor exhala,




eclipsados los miro entre desmayos.







Fui mariposa, en fin; pero mi gala




se convirtió en pavesa




a los incendios de una cruel belleza.




Y así por varios modos




sufro de todos los tormentos todos,




siendo a mi vida imagen lastimosa




la flor, el ave, el sol, la mariposa.




Llanto de la naturaleza humana




después de su caída por Adán







(Liras premiadas en primer lugar en un certamen cuyo asunto era el nacimiento del Niño Jesús)




De su infelice suerte




naturaleza humana congojada,




del árbol de la muerte




al yerto tronco estaba recostada;




y si el curso del llanto suspendiera,




aún más helados tronco pareciera.




¿Hasta cuándo, hasta cuándo




(clamaba triste) el mal que me atormenta




su fuerza irá aumentando,




que, aunque infinita, por mi mal se




aumenta?




¿hasta cuándo querrá mi mal supremo




mostrar que admite más y más lo extremo?




Mas si suele en el llanto




hallar tal vez consuelo un afligido,




arroje mi quebranto




ayes del alma con mortal gemido,




canten mis ojos, y sus melodías




tan tristes suenen que parezcan mías.




Pero ¡ay! ¡ay! que son tales




las crueles penas que en el alma siento,




que a publicar mis males







de mis ojos no basta el instrumento;




y así, por dar el lleno a mis enojos,




en vez de llanto lloraré los ojos.




Yo fui aquella dichosa




formada a esfuerzos de un milagro, aquella




criatura venturosa,




copia de Dios y copia la más bella;




yo fui ¡ay dolor! aquella peregrina




centella hermosa de la luz divina.




Yo fui la que al esmero




del más sublime numen delineada,




en mi instante primero




de mil prodigios me miré formada;




mas ¡ay! que si esto fui, todo ha pasado,




y en mí, de mí, la sombra no ha quedado.




Mi antigua llamarada




tan breve se apagó, con tal presteza,




que, convertida en nada,




antes que llama se miró pavesa;




pues sólo ardió mi luz aquel instante




que a dar ser a mi nada fue bastante.




Esta mi pena ha sido,




y esta pena importuna de tal suerte




con el alma se ha unido,




que aun no la puede separar la muerte,




pues cuanto a mitigarla se apercibe




en ella muere, y ella en todo vive.




Y así en tales enojos




apelo sólo por remedio al llanto.




Lloren tristes los ojos




mi imposible dolor, y lloren tanto,




que al ver absorto mi dolor profundo,




valle del llanto se apellide el mundo.







Lloraré eternamente




la antigua dicha de que fui halagada,




aun más que el mal presente;




pues, porque fui feliz soy desdichada.




Dijo, y rendida al grave sentimiento,




en el dolor se destempló el acento.




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