IEl ermitaño sanador:
Era una montaña,
habitada por un hombre
escalaba un jaral divino
con reposos de brezos y esparto,
en sombras fugaces de árduo día,
había de aquella romeros,
y entre pinos caracoleaban,
caracoles sonoros judíos, blancos,
una senda llevaba al risco enervado,
en pedruscos y rocas sembrada,
carrascas de encinas jóvenes,
blandían hasta acariciar severo cielo,
entre pilar y ruego,
brotaba que nacía,
la dulce fontana eterna,
como reguero un gato,
bajaba y corría fluctuando,
aquella loma de cima a suelo terreno,
mordiendo y haciendo herida
en terreno,
una loma ciega que bajaba toda arcoíris
de agua purísma,
señeros cardos avistaban espinas
y semillas dando sustento
a colorines y pachoncitos,
el alacrán soberano,
y culebra bastarda
ni necesidad hendían de ocultarse,
una flor mágica de helecho brotó en aquel cerro,
vetusto, de alma virgínea,
iba descalzo aquel ermitaño,
nadie le conocía,
pero sólo él sabía
su historia noble,
su desliz, su Misión eternal,
trasciende cielo tierra y toda savia,
su alma era antigua
más que la concepción toda su patria,
un ángel descendió,
y le hizo entrega
su cometido,
él era encargado de mantener
sellado el portón verdadero
cruzán su través
las almas errantes,
tenía el papiro de flores y granates en tinta,
cual bordado en vestido la mujer ensoñada,
un elemento abría aquel portón,
y era llave,
era su espada zorro, de Setanta forjada
en fuego el primer abismo
aquel ermitaño conocía
su ser y sus dones otorgados,
no había inclemencia, hielo, o sequía,
semilla tocara semilla evitara brotar,
tampoco enfermedad humana alguna
le plantaba coraje a su destierro él
otorgaba en su morada,
allá en cumbre las jaras,
su flor mágica de Helecho ÁKRITAS
sus brezos de fuego,
carrasquillos, pinos,
y atochas del esparto más verde,
sabía de su alma rebelde de centauro,
y conocía llegado el día,
uniría las dimensiones,
uniendo el reino vivo y el reino muerto,
como suena la Tierra
por y para siempre.
Förüq y Leannán-Sídhe





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